
Ni siquiera aquel viaje a caballo había sido mencionado en El libro negro de Camarthien, pero allí se encontraba Uther, con su pasado anclado.
Atrás quedaban los estandartes de colas de dragón, las sonrisas de Igraine y lejos quedaron las batallas y el castillo del duque de Cornualles.
El páramo estaba vacío y la mirada atrás sin pasado. Sólo el viento golpeaba su cara, y Uther sabía que nada más salir de aquel poblado donde reinaba Eolo, solamente le quedaba cabalgar, hacia delante.
Y en el horizonte, el único horizonte posible, una línea verde que según Uther se acercaba y crecía por momentos convirtiéndose en un muro infranqueable.
Uther recordó aquella cripta de la noche, donde las almas errantes de vida se reunían para hablar de presentes. Miró al cielo para ver si seguía estando aquella estrella que una vez le habló de extrañas palabras, de caminos y momentos, pero no consiguió verla. Solo recordó que fue él, quien la había abandonado. Él, quien no supo cuidar de ella, ahora quería decirle que ya cabalgaba hacia su destino, mas no podía. Nunca más podría decírselo.
El caballo no temía su galopar, y Uther volaba con él. El destino fue firmado en ese momento. Uther pensó que si aquello estaba escrito, el muro verde, enorme, espeso, sin dejar ver si había otro lado, sería su fin. Y continuó decidido. El choque era inevitable. El camino era único y la esperanza no creída. Notó que entraba entre las ramas. Oyó ruidos infinitos y luego, un silencio.
Era de noche aún.
Uther, estaba al otro lado. El camino que se perdía en el muro, continuaba. El cielo volvió a iluminarse de pequeños puntos, y se paró a observarlo. Pero aquella estrella nocturna, había desaparecido. Ya no estaba, para siempre.
Todos fuimos Uther en alguna ocasión. Todos tuvimos que decidir aunque hubiéramos querido mirar a otro lado. Todos en algún momento aceptamos el órdago de la vida, y decidimos cabalgar contra el muro. Cualquier cosa antes que decidir hipotecar nuestra vida irremediablemente.
¿Habéis tomado alguna vez un camino inevitable, el difícil, aun sabiendo que podía ser fatal? ¿Os habéis lanzado hacia un muro, olvidando todo lo que os rodeaba, con la convicción de que la vida, era vuestra y de nadie más? ¿O sois de los que siempre miráis a otro lado y habéis elegido ser vividos?
Yo hubo un día que me lancé. Que no me importaron sus consecuencias, que fui fiel a mi destino, pero cruel con mis estrellas. Lo tuve que hacer, para vivir mi sueño. Pero ahora, lo vivo, y tiene nombre. Se llama Virginia.
Y a aquella estrella de la noche, que sé que brilla, aun sin verla, porque nunca dejará de brillar, sólo me queda leerla uno de mis poemas favoritos... de Borges:
“La cierva blanca”
¿De qué agreste balada de la verde Inglaterra,
de qué lámina persa, de qué región arcana
de las noches y días que nuestro ayer encierra,
vino la cierva blanca que soñé esta mañana?
Duraría un segundo. La vi cruzar el prado
y perderse en el oro de una tarde ilusoria,
leve criatura hecha de un poco de memoria
y de un poco de olvido, cierva de un solo lado.
Los númenes que rigen este curioso mundo
me dejaron soñarte, pero no ser tu dueño;
tal vez en un recodo del porvenir profundo
te encontraré de nuevo, cierva blanca de un sueño.
Yo también soy un sueño lúcido que perdura
un tiempo más que el sueño del prado y la blancura.
J.L.BORGES.