Llevaba tres noches sin dormir. Ya sabes, me había dicho una compañera, es lo que toca por ser padre. Pero ayer por la tarde, su nueva doctora le recetó un medicamento que estuvo respirando en el ambulatorio y le ha hecho descansar toda la noche. Mira papi (así me llama), parezco la pilota de un avión con esto en la boca y la nariz, ¿me lo puedo llevar a casa para mañana jugar a pilotos?
Una vez hablaba de apegos con mi mujer. Le decía que durante años había conseguido desprenderme de ciertos apegos y eso me hacía más libre. Ella me dijo que no era cierto. Que quizás me había despegado de ciertas lapas, que había cortado muchas cadenas de anclas, pero que habían surgido otras. Estaba en lo cierto.
Durante años he llevado muy mal las enfermedades de los que me rodean y si hay una cosa que realmente me ha sacado de quicio es oír toser a mi hija, ver que lo pasa mal y no poder hacer nada. Los que tenéis niños sabéis de que os hablo. Y los que habéis bregado en multitud de batallas incluso más complicadas lo veréis como una tontería. Pero sí, aunque ya vaya a cumplir siete años, y estas guerras no sean como las de antes, no me gusta verla sufrir.
Hoy ya irá al colegio. Eso de tener un menú distinto en forma de dieta le encanta, y nos ha dicho que si se lo podía pedir por estar mala. A ella le da igual una laringitis o una diarrea, con tal de enseñarles a los demás su bandeja de comida distinta. La hemos dicho que no, que la dieta es para otras enfermedades.
Veis, soy un esclavo de un apego sin importancia, y como todo apego, es capaz de hacerme infeliz. Aunque también os digo que me curo enseguida. Un simple beso suyo o una sonrisa, es suficiente.
Hace 16 años