Era un día de invierno y ya sólo se asomaba la oscuridad por las ventanas. Se acercaba la noche. Recuerdo el pasillo de mi casa con aquella luz tenue que surgía de la lámpara de hierro negro forjado. Estaba en mi habitación, esperaba. Me habían dicho que en cualquier momento podría pasar, y yo, estaba expectante...
Mi madre preparaba la cena en la cocina bajo aquella blanca luz apagada de neón. El cubo de basura estaba en medio, ella de pie, pelaba patatas... mmmm, ¡como me gustaba aquella tortilla de patatas!...
Me noté algo extraño. Pensé que ya no me quedaba tiempo y supe que aquello no podía esperar más, salí corriendo por el pasillo desde mi habitación... no dije nada, entré en la cocina y arrimándome al cubo de basura, aparté a mi madre abriendo la boca en silencio, con la cara desencajada...
—¡No, ahí no! —gritó ella—ves al cuarto de baño.
Corrí hacia la taza del váter, y me incliné hacia ella. Mi madre había soltado la patata a medio pelar y el cuchillo, y corrió tras de mí.
—¿Has devuelto ya? ¿Te encuentras bien? —me preguntó.
Yo no me atrevía a articular palabra, y sólo fui capaz de enseñarle mi palma abierta. En ella había un diente.
—Pero hijo, ¡qué no es para tanto! ¿qué pensabas?
—Pues —contesté—creía que detrás del diente, iba a salir mucha sangre —ella sonrió.
—Pues no. Ya has visto que no es para tanto.
La verdad es que no me pude imaginar hasta ese momento que no iba a ser para tanto.
Desde el viernes pasado, mi hija, ya anunciaba a todo el mundo que su primer diente estaba a punto de caer. Lo mismo se inclinaba hacia delante, que hacia atrás, que hacia cualquier lado... sus compañeros del colegio se despidieron de ella, como si marchara a una gran aventura...
—No te preocupes, no pasa nada, no te lo toques con la lengua, bebe algo y enjuágate nada más se caiga...
El sábado se despertó contenta, se tomó su leche con cereales, y pidió un trozo de salchichón... se puso a hacer los deberes, y en un momento determinado gritó:
—¡Ya no tengo diente! No me he dado cuenta y no sé dónde está...
Su madre lo buscó en la alfombra. Comiendo el salchichón, y pensando que tenía algún “hueso” según ella, lo había escupido... esa noche vino el ratoncito Pérez, no como en aquella noche en casa de mis padres...
Son otros tiempos...
Hoy día me falta una muela del juicio (esa falta de juicio ya me la habréis notado), y aguanto con otra, medio partida... no es que me den miedo los dentistas, lo que ocurre es que no les quiero regalar un tiempo que no quiero tener. Habrá que ir...
Y vosotros, ¿recordáis como fue aquella primera espera?.
Hace 17 años



